Litros por persona y día, y quién los carga
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Litros por persona y día, y quién los carga

La escena se repite en cualquier patio de carga antes de una salida larga. Hay bidones apilados, una báscula de mano y alguien haciendo la cuenta en voz alta. La pregunta que todo el mundo formula tarde es la misma: cuántos litros por persona y por día, y en qué vehículo o en qué mochila van.

El problema de esa cuenta es que no tiene una sola respuesta. La misma persona puede necesitar tres litros caminando de madrugada en invierno y doce trabajando al sol de julio con carga. Un plan de agua construido sobre una cifra media es un plan que funciona la mitad de los días y falla justo el día que aprieta.

Lo que sigue es el procedimiento que uso para calcular el agua de una travesía por zona árida: de qué depende el consumo, cómo se estima por franjas de temperatura y esfuerzo, qué parte no se bebe, cuánto pesa todo eso, quién lo transporta y cómo se controla el gasto etapa a etapa sin llegar al último día con la incógnita encima.

Lo esencial

  • Unidad de cálculo: litros por persona y por día, desglosados en bebida, cocina y reserva. Nunca una cifra global del grupo.
  • Rango habitual: de tres litros en una jornada fresca y tranquila a más de diez en marcha bajo calor fuerte.
  • Peso: un litro es un kilo. Diez litros son diez kilos que alguien tiene que mover.
  • Sudor: en calor y con esfuerzo puede superar el litro por hora, y en aire seco se evapora sin dejar la ropa mojada.
  • Sales: beber solo agua durante horas de sudoración intensa diluye el sodio y provoca su propio cuadro. Se come salado o se usan sales.
  • Reserva: un día completo de consumo por persona que se precinta y no entra en el reparto diario.
  • Control: bidones marcados por etapa, comprobación cada noche y decisión de retorno si el gasto va por delante del plan.
  • Emergencias: en Marruecos, 177 para la Gendarmería Real en zona rural y 15 para asistencia médica. Fuera de cobertura, el aviso solo sale por baliza o teléfono satelital.

De qué depende el consumo y por qué una cifra única no sirve

El cuerpo pierde agua por cuatro vías y las cuatro se disparan en clima árido. La sudoración es la más evidente, pero la respiración también evapora una cantidad apreciable cuando el aire es muy seco, y a eso se suman la orina y la pérdida por la piel que ocurre sin que uno la note.

Las variables que mueven la cifra son cinco. La temperatura del aire, la radiación directa, el esfuerzo, la carga que se lleva encima y la aclimatación de cada persona. La sexta, que casi nadie contabiliza, es la superficie: caminar sobre arena blanda cuesta bastante más que caminar sobre pista compacta, y el consumo lo refleja.

La aclimatación merece un párrafo propio porque cambia el reparto interno. Una persona aclimatada al calor suda antes y más, pero pierde menos sal en cada litro. Eso significa que su necesidad de agua no baja, y que su necesidad de sodio sí. Quien llega de un clima templado y se planta en el desierto está en la peor combinación de las dos.

Y hay un factor que no es fisiológico: la disponibilidad. La gente bebe menos cuando ve que quedan pocos litros, justo cuando más falta le hace. Racionar agua para sentirse seguro es la manera más rápida de acabar necesitando ayuda, y por eso el plan tiene que sobrar desde el principio.

Cuántos litros de agua por persona y día hacen falta de verdad

La estimación se construye por partes y no de golpe. Primero se calcula lo que se bebe, después se añade lo que se cocina y lo que se lava, y al final se suma la reserva. Mezclar los tres conceptos es lo que produce los errores grandes.

Para la parte de bebida, la referencia práctica es la tasa de sudoración por hora de actividad. En marcha con calor moderado, entre medio litro y un litro por hora. Con calor fuerte, sol directo y carga, puede pasar del litro por hora durante varias horas seguidas. Multiplicar esa tasa por las horas reales de esfuerzo da una cifra mucho más honesta que cualquier media.

A eso se le suma lo que se bebe fuera de la marcha: al despertar, en las horas de sombra y por la noche. En una jornada calurosa esa parte no es despreciable y suele rondar los dos litros.

Con ese método salen cifras que asustan al principio y que son las correctas. Una jornada de seis horas de marcha con calor fuerte se va con facilidad por encima de los ocho litros solo de bebida, y una jornada de descanso en campamento a la sombra puede quedarse en cuatro. Esa horquilla es real y es la razón por la que la cifra única no sirve.

El consumo según temperatura y esfuerzo, en una tabla

Caminante bebiendo de una cantimplora en una parada a la sombra de una roca
Vyacheslav Argenberg / CC BY 4.0

La tabla ordena las combinaciones más frecuentes. Son órdenes de magnitud para planificar, no una prescripción médica, y cada persona debe corregirlas con lo que sepa de sí misma.

Situación Temperatura del día Bebida estimada Cocina e higiene Total por persona y día
Campamento sin marcha, a la sombra Templada 2 a 3 litros 1 litro 3 a 4 litros
Campamento sin marcha, a la sombra Calor fuerte 4 a 5 litros 1 litro 5 a 6 litros
Marcha corta de madrugada Templada 3 a 4 litros 1 litro 4 a 5 litros
Marcha de seis horas con mochila Calor moderado 5 a 7 litros 1,5 litros 7 a 9 litros
Marcha de seis horas con mochila Calor fuerte y sol directo 8 a 10 litros 1,5 litros 10 a 12 litros
Jornada en vehículo con paradas Calor fuerte 3 a 5 litros 1,5 litros 5 a 7 litros
Noche fría de invierno en el erg Fría 2 a 3 litros 1,5 litros 3 a 5 litros

La fila que más sorprende es la penúltima. Se supone que ir en coche no gasta agua, y no es verdad: el aire seco y las paradas al sol siguen deshidratando, y además el vehículo permite llevar tanta que se bebe con alegría hasta que se hace la cuenta.

La última fila corrige el otro sesgo. En invierno la sed casi desaparece y el consumo baja de verdad, pero no tanto como baja la sensación de necesitarla. Es en las travesías frías donde se ven los déficits acumulados de tres días seguidos.

El agua que no se bebe: cocina, lavado y reserva

Aparte de lo que entra por la boca hay tres partidas que se olvidan al hacer la lista y que en un grupo de seis personas suman muchos litros.

La cocina es la primera. Un plato de comida deshidratada pide entre medio litro y tres cuartos por ración, y a eso se añaden el té, el café y el agua de fregar el cazo. Medio litro por persona y comida es una estimación prudente.

La higiene es la segunda y la más comprimible. En una travesía de varios días se resuelve con toallitas, con un cuarto de litro para lavarse la cara y las manos y con jabón biodegradable usado lejos de cualquier punto de agua. Quien planifique una ducha diaria en el desierto está planificando otro viaje.

La tercera es la reserva de emergencia, y es la única que no se toca. Se calcula como un día completo de consumo por persona en el escenario más caluroso previsto, se guarda en recipientes separados y se precinta de forma visible. Si al final de la travesía sigue precintada, el plan fue correcto.

Sales y comida: por qué el agua sola no basta

El sudor no es agua destilada. Arrastra sodio, cloro y, en menor medida, potasio y magnesio, y en jornadas de sudoración muy alta esa pérdida se nota. Reponer solo agua durante horas diluye el sodio de la sangre y produce un cuadro con dolor de cabeza, náuseas y confusión que se confunde con el golpe de calor y se trata justo al revés.

La solución práctica no es sofisticada. Se come salado a lo largo del día, con frutos secos salados, embutido, caldo o sopa en la parada larga, y se llevan sobres de sales de rehidratación para las jornadas duras y para cualquier episodio de vómitos o diarrea.

Sobre las bebidas isotónicas, conviene bajar el nivel de expectativa. Ayudan a que se beba más porque saben mejor y aportan sales, y ese es su mérito. No sustituyen a la comida ni resuelven un déficit de tres días.

El otro consejo es de ritmo. Se bebe a intervalos cortos y en cantidades pequeñas, cada veinte o treinta minutos, en lugar de medio litro de golpe en la parada. El cuerpo absorbe mejor y se pierde menos por orina, algo que también aplica a cualquier situación de deshidratación progresiva.

Cuánto pesa y cuánto ocupa todo eso

Todoterreno cargado con bidones sujetos en el maletero antes de una travesía larga

Aquí es donde el plan de agua se encuentra con la realidad física. Un litro pesa un kilo. Un bidón de veinte litros lleno pesa veinte kilos más el envase, y es un objeto incómodo de mover entre dos personas.

Para un grupo de seis personas en travesía de cuatro días con calor fuerte, la cuenta redonda son unos diez litros por persona y día, más la reserva. Eso son más de doscientos cincuenta kilos de agua. Ningún grupo carga eso sobre las espaldas: o hay vehículo, o hay animales, o hay puntos de reposición.

El envase también decide. Los bidones rígidos de veinte litros son la unidad de transporte en vehículo porque se estiban y no se perforan. Las bolsas flexibles de cinco o diez litros pesan menos vacías y se adaptan al hueco, pero son más frágiles y no aguantan roce con arena.

Y una precaución que ahorra disgustos: nunca se concentra toda el agua en un solo recipiente ni en un solo vehículo. Un bidón que revienta contra una roca en el primer día es un incidente si hay cuatro más, y es el final de la travesía si era el único.

Quién carga el agua cuando hay vehículo

En una expedición con todoterreno el reparto se hace por función y no por generosidad. El vehículo lleva el grueso en bidones estibados bajos y sujetos, porque veinte kilos sueltos en la baca cambian el comportamiento del coche y en un vuelco son un proyectil.

Cada persona lleva encima su agua del día en una cantimplora o en un sistema de hidratación, y ese es su presupuesto personal. Nadie bebe del bidón común durante la marcha: se rellena en las paradas acordadas y así el gasto queda a la vista.

El grupo designa a una persona responsable del agua. No es un cargo simbólico. Es quien anota cuántos bidones se abren cada día, quien comprueba precintos y quien avisa cuando el consumo va por delante de lo previsto. Sin esa figura, la cuenta se lleva de memoria y la memoria es optimista.

Si hay dos vehículos, el agua se reparte entre los dos en proporciones desiguales pero suficientes: cada coche debe poder sostener al grupo entero durante al menos un día si el otro queda inmovilizado. Es la misma lógica de redundancia que se aplica al combustible y a la navegación en cualquier travesía por zona árida.

Quién la carga cuando se va a pie y sin apoyo

Sin vehículo el problema cambia de naturaleza. El agua se convierte en la variable que fija la longitud de las etapas, y no al revés. Se mira cuántos litros puede mover el grupo y desde ahí se decide hasta dónde se llega.

La regla de carga razonable en travesía a pie está entre seis y ocho litros por persona en el momento de máxima carga, y ya es una mochila incómoda. Por encima de eso, la marcha se vuelve lenta, el consumo sube por el propio esfuerzo y el plan se muerde la cola.

Eso obliga a una de tres soluciones. La primera es apoyarse en puntos de agua conocidos y confirmados, con la etapa dimensionada para llegar con reserva. La segunda es dejar depósitos con antelación en puntos marcados, algo que exige un viaje previo y disciplina para retirar después los envases vacíos. La tercera es contratar apoyo con animales de carga o con un vehículo que se cruce con el grupo en un punto acordado.

El reparto interno también tiene reglas. La carga se equilibra por peso corporal y no a partes iguales, se revisa cada mañana y se reajusta si alguien va justo. Un grupo que llega con una persona reventada y el resto entero ha repartido mal, y en clima árido esa persona es el problema de todos.

Control del gasto por etapa, bidón a bidón

El método que funciona es contable y aburrido, que es exactamente lo que hace falta. Se convierte el agua en unidades visibles y se comprueba cada noche si el gasto real coincide con el previsto.

  1. Antes de salir, reparte el total en bidones numerados y asigna a cada etapa los que le corresponden, escritos con rotulador en el propio envase.
  2. Precinta la reserva con cinta de color distinto y anota en la libreta cuántos litros contiene.
  3. Cada persona sale con su ración diaria en su propio recipiente, medida y no calculada a ojo.
  4. Anota la hora y el nivel en las dos paradas largas del día. Dos comprobaciones bastan para ver la tendencia.
  5. Cada noche, cuenta bidones cerrados y compáralos con el plan. La diferencia se apunta en litros, no en sensaciones.
  6. Si el gasto va por delante dos días seguidos, recorta la etapa siguiente antes de tocar la reserva.
  7. Recalcula el punto de no retorno cada mañana: con el agua que queda, hasta dónde se puede seguir teniendo garantizada la vuelta.
  8. Al rellenar en un punto de agua, trata primero y estiba después, y no mezcles agua tratada con agua sin tratar en el mismo envase.
  9. Registra cualquier pérdida por rotura o derrame en el momento, y recalcula el plan ese mismo día.
  10. Retira todos los envases vacíos, incluidos los depósitos dejados con antelación.

El paso séptimo es el que convierte esto en una herramienta de decisión y no en un ejercicio de contabilidad. El punto de no retorno se mueve cada día y solo se puede saber si se lleva la cuenta.

El margen de seguridad que no se negocia

Un plan de agua sin margen es un plan que depende de que nada salga mal, y en zona árida algo sale mal con frecuencia razonable: una avería, un cambio de ruta obligado, una jornada más calurosa de lo previsto o una persona con diarrea que multiplica su consumo.

El margen que uso tiene dos capas. La primera es un veinte por ciento sobre el total calculado, repartido en el agua de uso normal, para absorber desviaciones pequeñas sin dramatismo. La segunda es la reserva precintada, un día completo por persona, que solo se abre por decisión del grupo y que activa automáticamente el regreso.

Esa segunda regla es la importante. Abrir la reserva no es un contratiempo menor: es el aviso de que el plan ha fracasado y de que la prioridad pasa a ser salir. Quien la abre para tomar un té está desactivando el único mecanismo de alarma del sistema.

En travesías con vehículo conviene además llevar un depósito adicional que ni siquiera se contabiliza, el equivalente a un bidón por coche, pensado para un remolque, para rellenar el radiador o para atender a otro grupo. En el desierto, esa clase de reserva se acaba usando con más frecuencia de la que uno imagina.

Puntos de agua, tratamiento y lo que no se supone

Un pozo marcado en un mapa no es agua garantizada. Puede estar seco, salobre, cegado por arena o en manos de una comunidad que lo usa para su ganado y a la que hay que pedir permiso antes de sacar nada.

La regla es no planificar ninguna etapa que dependa de un punto no confirmado. Se confirma preguntando en la última población, no leyendo una traza descargada, y aun así se llega con agua suficiente para seguir hasta el siguiente punto seguro si ese falla.

El tratamiento tiene tres opciones y cada una resuelve algo distinto. La ebullición es la más fiable y la que más combustible consume. El filtro de rosca elimina turbidez y buena parte de los microorganismos, y no sirve contra la salinidad. Las pastillas o el cloro son ligeros y baratos, necesitan tiempo de contacto y dejan sabor. Lo habitual es filtrar y después desinfectar.

Y una advertencia que en zona árida es específica: ningún tratamiento portátil quita la sal. Un agua salobre sigue siendo salobre después de filtrarla, y beberla acelera la deshidratación en lugar de corregirla. Es una de esas cosas que conviene saber antes de salir, junto con el criterio de no alterar los pocos puntos de agua que sostienen la vida de la zona.

Preguntas frecuentes

¿Se puede beber menos si uno se acostumbra?

No. La aclimatación mejora la eficiencia del sudor y reduce la pérdida de sal, pero no reduce la necesidad de agua: al contrario, una persona aclimatada suele sudar antes y más. Entrenar la sed a la baja no adapta nada, solo instala un déficit crónico que se paga en rendimiento y en capacidad de decisión.

¿Cómo se sabe si el grupo está bebiendo suficiente?

El indicador de campo más útil es el color y el volumen de la orina. Un color muy oscuro o una frecuencia muy baja a lo largo del día indican déficit. Se comprueba de forma discreta preguntando en la parada de la tarde, y se corrige esa misma jornada, no al día siguiente.

¿Merece la pena llevar un desalinizador o un destilador solar?

Para una travesía normal, no. Los destiladores solares producen cantidades muy pequeñas en relación con el espacio y el tiempo que exigen, y los equipos de ósmosis portátiles están pensados para medio marino. Sirven como recurso extremo, nunca como parte del plan de suministro.

¿Qué se hace si se rompe un bidón a mitad de travesía?

Se recalcula ese mismo día. Se anota la pérdida en litros, se comprueba el punto de no retorno con lo que queda y se decide entre acortar la ruta, adelantar el regreso o esperar apoyo en un punto seguro. Lo que no se hace es continuar con el plan original confiando en que el consumo baje.

¿El agua caliente del bidón sirve igual?

Hidrata exactamente igual, aunque cuesta más beberla y eso hace que se beba menos, que es el problema real. Se corrige envolviendo el bidón en un trapo húmedo a la sombra, guardando la ración del día en un recipiente aislado o bebiendo con un poco de sal y limón, que hace el trago más llevadero.

El agua es la única variable de una travesía por desierto que no admite improvisación ni ingenio de última hora. Se calcula por partes, se pesa, se reparte con nombre y apellidos y se cuenta cada noche. Un grupo que sabe exactamente cuántos litros le quedan puede tomar decisiones; uno que lo lleva de memoria solo puede esperar que salga bien.