Orientarse entre dunas cuando no hay una sola referencia
El ejercicio consiste en subir a una cresta, mirar alrededor y describir lo que se ve. Arena delante, arena detrás, arena a los dos lados, y cinco o seis crestas idénticas que se repiten hasta que la vista se pierde. Ninguna es distinguible de las demás y ninguna estará donde uno cree recordarla dentro de dos horas.
Ese es el problema específico de un erg. En montaña siempre hay una cumbre, un valle o una línea de cresta que sirve de referencia; en un bosque hay un río o una pista. Entre dunas altas no hay nada de eso, y la propia forma del terreno obliga a dar rodeos constantes que van comiéndose la dirección sin que se note.
Lo que sigue es un procedimiento de campo. Cómo se fija y se sigue un rumbo cuando no hay referencias, cómo se rodea una duna sin perder la línea, cuánto error se acumula en una jornada, cómo se marcan puntos que sirvan de verdad y qué se hace exactamente si alguien se separa del grupo.
Lo esencial
- Instrumento principal: brújula de placa base con limbo giratorio. El receptor de satélite es el respaldo, nunca al revés.
- Redundancia: dos brújulas en el grupo y dos fuentes de energía para el receptor.
- Rumbo: se fija en el campamento, se apunta en papel y se comprueba cada tramo.
- Rodeos: se compensan siempre alternando el lado, o se aplica el método del rectángulo.
- Error de estima: en arena blanda, el cálculo de distancia por pasos pierde fiabilidad, así que se trabaja por tiempo y por referencias, no por metros.
- Si te separas: parar, hacerte visible, buscar sombra y esperar. Caminar buscando al grupo es lo que convierte un incidente en un rescate.
- Emergencias: en Marruecos, 177 para la Gendarmería Real y 15 para asistencia médica. Sin cobertura, el aviso solo sale por baliza o teléfono satelital.
Por qué un erg engaña a la vista
La orientación humana funciona por reconocimiento de formas y por relación entre elementos. Se recuerda una peña con un árbol al lado, un recodo del río, la silueta de una cumbre. Todo eso desaparece en un mar de arena.
Las dunas se organizan en familias con formas repetitivas, y esa repetición es exactamente el problema: veinte crestas paralelas de altura similar producen la sensación de haber vuelto al mismo sitio cuando se está a kilómetros de él.
A eso se suma que el relieve cambia. Los perfiles migran con el viento, las crestas se desplazan, las huellas se borran en horas y una marca dejada por la mañana puede no existir por la tarde. Cualquier técnica basada en volver sobre los propios pasos es poco fiable aquí.
Y hay un tercer factor, psicológico: la tendencia natural a caminar en círculo cuando faltan referencias externas. Sin un rumbo que corregir de forma activa, un grupo describe una curva amplia y termina desviado sin haber tomado ninguna decisión equivocada de forma consciente.
Lo que sí ofrece información en un mar de arena
El terreno no está completamente vacío de pistas. Hay cuatro fuentes de información direccional que conviene saber leer, aunque ninguna sustituya a la brújula.
La primera es la propia forma de las dunas. La cara de sotavento, la pendiente empinada por la que resbala la arena, siempre queda del lado opuesto al viento dominante. Si se conoce la dirección del viento dominante de la zona, la orientación de esas caras da una referencia general bastante constante a escala de kilómetros.
La segunda es el sol. Su recorrido diario da el este y el oeste de forma aproximada, y al mediodía solar la sombra de un objeto vertical apunta al norte en el hemisferio norte. El método del palo y la sombra, con dos marcas separadas por veinte minutos, da una línea este-oeste razonable sin ningún instrumento.
La tercera son las estrellas. En el hemisferio norte, la estrella polar marca el norte con precisión suficiente para caminar de noche, y en un desierto sin luz artificial la visibilidad es excelente.
La cuarta es cualquier elemento lejano y fijo que sobresalga: un relieve rocoso en el horizonte, una línea de palmeras, una montaña. Si existe, se usa como referencia principal y la brújula pasa a ser la comprobación. La mayor parte del tiempo, sin embargo, no existe.
La brújula, el receptor de satélite y el orden entre ambos
El instrumento de referencia es la brújula de placa base con limbo giratorio y flecha de dirección. No tiene batería, no falla con el calor, pesa nada y sigue funcionando cuando todo lo demás deja de hacerlo.
El receptor de satélite, sea un aparato dedicado o el teléfono, es un complemento excelente para dos cosas: registrar la traza recorrida y dar una posición exacta cuando hace falta. Como instrumento único es una mala idea, y no por desconfianza teórica: en un desierto, el calor degrada las baterías, la pantalla se vuelve ilegible con sol directo y la arena entra por cualquier conector.
La regla de trabajo que funciona es sencilla. Se navega con brújula y con rumbo, y se comprueba la posición con el receptor en los puntos acordados. Así, si el aparato se apaga, no se ha perdido la línea, solo la comodidad.
Hay que descontar además la declinación magnética, es decir, la diferencia entre el norte magnético que señala la aguja y el norte geográfico del mapa. Es un valor que depende del lugar y que cambia con los años, y se consulta en la cartografía actualizada o en un modelo geomagnético antes del viaje. En algunas zonas es despreciable y en otras produce desviaciones que en veinte kilómetros se notan mucho.
Orientación entre dunas: el procedimiento completo

Este es el orden de trabajo de una jornada. Cada paso tiene una razón y saltárselo es lo que produce las desviaciones grandes.
- Antes de salir, fija el rumbo en el mapa entre el punto de partida y el destino, corrige la declinación y apúntalo en papel, no solo en la memoria.
- Marca el campamento en el receptor y anota además sus coordenadas a mano en la libreta. Un punto guardado que no se puede leer si el aparato falla no sirve de nada.
- Comprueba el rumbo con dos brújulas distintas. Una discrepancia significa que alguna está cerca de metal o de un teléfono.
- Al arrancar, busca una referencia lejana en la línea del rumbo, aunque sea la muesca de una cresta. Camina hacia ella y no hacia la aguja: mirar la brújula constantemente hace zigzaguear.
- Cuando no haya referencia, usa a una persona. Se envía a alguien del grupo por delante y se le corrige con gestos hasta alinearlo con el rumbo; el resto avanza hasta él y se repite. Es lento y es exacto.
- Anota la hora al iniciar cada tramo y estima la distancia por tiempo y por ritmo, no por conteo de pasos, que en arena blanda pierde toda regularidad.
- Sube a la cresta cada cierto tiempo para comprobar el panorama y confirmar la alineación. Cuesta esfuerzo y es la mejor inversión de la jornada.
- Rodea cada duna alternando el lado, y si no es posible, aplica el método del rectángulo que se explica más abajo.
- Comprueba la posición con el receptor en los puntos acordados de antemano, por ejemplo cada hora, y compárala con lo que creías haber recorrido.
- Toma el rumbo inverso hacia el campamento cada vez que hagas una parada larga, y anótalo. Es el dato que salva el día si hay que darse la vuelta con prisa.
- Fija una hora límite de retorno antes de salir, contando el trayecto de vuelta y no el de ida, y respétala aunque el objetivo esté cerca.
- Deja escrito el itinerario y la hora de regreso prevista en el campamento, con el rumbo y la distancia estimada.
El paso quinto es el que más se descarta por lento y el que más precisión aporta. En terreno sin referencias, mover a una persona por delante y alinearla es lo único que garantiza una línea recta de verdad.
Rodear una duna sin perder el rumbo
Ninguna travesía entre dunas es una línea recta. Se sube por donde la pendiente lo permite, se bordean las caras inestables y se busca el paso entre crestas, y cada uno de esos desvíos resta o suma a la dirección general.
El método clásico para no perder la línea es el del rectángulo. Al llegar al obstáculo se gira noventa grados, se cuenta el número de pasos o el tiempo empleado en el desvío, se avanza en paralelo al rumbo original hasta superar el obstáculo, se gira noventa grados en sentido contrario y se recorre exactamente la misma cantidad medida al principio. Al terminar, se está de nuevo en la línea.
Funciona bien con obstáculos aislados y es engorroso cuando hay uno cada doscientos metros, que es la situación habitual en un erg. Para ese caso, la alternativa práctica es alternar sistemáticamente el lado del rodeo: una duna se bordea por la derecha y la siguiente por la izquierda.
Esa alternancia no elimina el error, lo compensa estadísticamente. Es imperfecta, y por eso hay que corroborar el rumbo desde lo alto de una cresta con regularidad y corregir cuando se detecte deriva.
Hay además una técnica que ahorra muchos problemas cuando el destino está sobre una línea larga, como una pista o un cauce seco. Se apunta deliberadamente a un lado del objetivo, treinta o cuarenta grados, y al llegar a la línea se sabe con certeza hacia qué lado hay que girar. Sin ese sesgo intencionado, se llega a la línea sin saber si el destino queda a la derecha o a la izquierda.
Cuánto error se acumula en una jornada
El error tiene tres orígenes y se suman entre sí. Conviene tener claras las magnitudes para saber qué margen dejar.
| Fuente de error | De dónde viene | Efecto en una jornada | Cómo se corrige |
|---|---|---|---|
| Declinación no aplicada | Diferencia entre norte magnético y geográfico | Desviación constante y creciente con la distancia | Consultar el valor local y descontarlo al fijar el rumbo |
| Lectura imprecisa de la brújula | Vista de reojo, aguja no asentada, metal cerca | Unos grados por tramo, acumulables | Parar, apoyar el instrumento y leer con la aguja quieta |
| Rodeos siempre al mismo lado | Preferencia inconsciente por un lado del obstáculo | Deriva lateral progresiva, la más grande de las tres | Alternar lado o aplicar el método del rectángulo |
| Estimación de distancia en arena | Paso irregular en pendiente blanda | Sobrestimación frecuente del terreno recorrido | Trabajar por tiempo y comprobar con el receptor |
| Deriva por ausencia de referencia | Tendencia a curvar la trayectoria | Curva amplia hacia un lado | Referencia intermedia o persona alineada por delante |
| Cansancio y calor | Atención reducida al final del día | Errores gruesos en las últimas horas | Comprobaciones más frecuentes cuanto más tarde |
La lección de la tabla es que la deriva por rodeos supera con mucho a los errores instrumentales. Una brújula bien leída con rodeos descuidados da peor resultado que una lectura mediocre con rodeos compensados.
El margen razonable de trabajo, por eso, es contar con que el punto de llegada estará desplazado varios cientos de metros respecto a lo previsto tras una jornada larga. Todo objetivo pequeño debe tener una línea larga asociada por la que se pueda buscar.
Marcar puntos que sigan sirviendo dentro de seis horas
Marcar el terreno en un erg tiene una dificultad añadida: la arena se mueve. Una huella deja de existir en pocas horas con viento y un montón de arena se deshace solo.
Lo que sí funciona es marcar con volumen y con contraste. Una vara clavada con un trapo de color, un montón de piedras si las hay, o un objeto que sobresalga por encima de la cresta. Debe verse desde lejos y desde arriba, no desde el nivel del suelo.
La regla que multiplica la utilidad de una marca es colocarla siempre en lo alto de una cresta y nunca en el fondo de un pasillo entre dunas. Desde el fondo no se ve nada; desde la cresta se ve todo.
Las marcas electrónicas, los puntos guardados en el receptor, son la forma más fiable de todas, siempre que se anoten también en papel. Guardar el campamento, cada cambio de dirección importante y cada punto de agua o de vehículo es una rutina de treinta segundos que cambia el desenlace de un problema.
Y una advertencia sobre las marcas físicas: hay que retirarlas al volver. Una vara con un trapo abandonada en mitad de un erg es basura y, peor aún, una referencia falsa para el siguiente grupo. Es el mismo criterio de no dejar rastro en un terreno frágil que se aplica a cualquier residuo.
El protocolo si alguien se separa del grupo

La separación ocurre por cosas banales: alguien se retrasa por una fotografía, otro se adelanta por la cresta contigua y la duna se interpone durante cinco minutos. En ese terreno, cinco minutos bastan.
La instrucción para quien se queda solo es contraria a lo que pide el instinto. Se para inmediatamente, se sube a la cresta más cercana para ser visible, se hace ruido con el silbato en series de tres, se busca o se improvisa sombra y se espera. Caminar buscando al grupo aumenta la distancia entre ambos y convierte un incidente de veinte minutos en una búsqueda de horas.
La instrucción para el grupo es igual de concreta. Se detiene la marcha en cuanto se detecta la ausencia, se anota la hora y la posición exacta del último contacto visual, y se envía a una pareja de vuelta sobre la traza, nunca a una persona sola. El resto permanece quieto y visible en el punto conocido.
El material que evita el problema es barato y ligero: un silbato por persona, una radio de corto alcance por cada subgrupo, un color llamativo en la ropa y la norma de que nadie sale del contacto visual sin avisar. En un grupo, además, se designa siempre un cierre que camina el último y no adelanta a nadie.
Y en zonas sin cobertura, el aviso al exterior solo sale por baliza de emergencia o por teléfono satelital. Sin uno de los dos, la única red de seguridad es el itinerario dejado por escrito en el campamento y la hora de regreso acordada, exactamente como se plantea en cualquier travesía larga por zona árida.
Agua, calor y por qué la navegación empeora al final del día
La técnica se degrada con el cansancio, y en el desierto el cansancio llega con la deshidratación mucho antes de lo que se percibe, porque el sudor se evapora sin dejar rastro visible.
La consecuencia práctica es que los errores gruesos de orientación se concentran en las últimas horas de la jornada: lecturas apresuradas, rodeos sin compensar, comprobaciones que se saltan porque queda poco. Por eso la frecuencia de control debe aumentar conforme avanza el día, no reducirse.
El reparto del agua sigue la regla general de cualquier zona árida: se bebe a intervalos y no a demanda, se llevan sales o comida salada, y se calcula por encima de lo que parece necesario. Caminar sobre arena blanda cuesta bastante más que caminar sobre terreno firme, y el consumo lo refleja.
La otra medida que protege es el horario. Las horas centrales se pasan a la sombra, la marcha se hace temprano y a última hora, y la navegación nocturna solo se plantea con rumbo claro, terreno conocido y la estrella polar visible.
Todo esto pesa en la mochila y todo esto tiene que caber. Es una buena razón para revisar el equipaje con el criterio de llevar poco pero llevar lo que resuelve: dos brújulas y un litro más de agua valen más que cualquier accesorio.
Preguntas frecuentes
¿El teléfono con aplicación de mapas basta para orientarse entre dunas?
Como único instrumento, no. Sirve para registrar la traza y para comprobar la posición, y es muy útil en eso, pero depende de una batería que el calor degrada, de una pantalla que con sol directo se lee mal y de un aparato al que la arena entra por cualquier junta. La brújula es el instrumento principal y el teléfono, el respaldo.
¿Cómo se sabe la dirección del viento dominante de una zona?
Se consulta antes del viaje en información climatológica de la región y se confirma sobre el terreno mirando las caras empinadas de las dunas, que quedan siempre a sotavento. No es un dato de precisión, pero da una referencia general muy útil cuando no hay nada más.
¿Sirve seguir las huellas de otros vehículos?
Con mucha cautela. Las roderas indican que alguien pasó, no que ese camino lleve a donde uno quiere, y en arena se borran o se acumulan hasta formar una red confusa. Seguirlas sin comprobar el rumbo es una de las formas más habituales de acabar lejos del destino.
¿Qué precisión real se consigue con brújula en una jornada?
Con rodeos compensados y comprobaciones frecuentes, llegar a unos cientos de metros del punto previsto tras varias horas de marcha es un buen resultado. Por eso los destinos se eligen con una línea larga asociada, como una pista o una cadena de relieve, en lugar de un punto aislado.
¿Se puede caminar de noche entre dunas?
Se puede, y en algunas épocas es preferible por la temperatura, pero exige rumbo claro, grupo cohesionado y frontales con repuesto. El terreno es más traicionero de lo que parece: la cara de sotavento de una duna es un escalón de arena suelta que de noche no se ve hasta que se pisa.
Orientarse en un erg no es una habilidad exótica: es la aplicación disciplinada de tres cosas sencillas, un rumbo apuntado, unos rodeos compensados y una comprobación desde lo alto de cada cierto tiempo. La arena no perdona la improvisación, pero tampoco pide nada que no se pueda aprender en un fin de semana.
