Atacama castiga por sequedad y por altitud a la vez
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Atacama castiga por sequedad y por altitud a la vez

Segundo día en el pueblo. Alguien del grupo lleva desde el desayuno con dolor de cabeza y lo achaca al vuelo, al madrugón y al polvo. Estamos a dos mil cuatrocientos metros, una cota que en los Alpes no le preocupa a nadie, y a la mañana siguiente el plan es salir hacia unas lagunas que están por encima de los cuatro mil.

Esa combinación es la trampa concreta de esta zona. Ni la altura del pueblo asusta ni el termómetro de mediodía impresiona, y sin embargo la gente empieza a encontrarse mal antes de lo que espera. La razón es que aquí no actúa un factor, actúan dos, y se refuerzan: el aire tiene poquísimo oxígeno y además está prácticamente seco.

Lo que sigue ordena esa realidad en un procedimiento: qué cotas hay en la zona y cuánto exigen, cómo se reparten los primeros días, cuánta agua hace falta cuando el sudor se evapora antes de notarlo, qué hacer con el frío de madrugada y en qué momento la respuesta correcta es bajar al pueblo y quedarse quieto.

Datos de partida

  • Cota base: el pueblo de referencia está a unos 2.400 metros; las excursiones clásicas suben a 4.000 y 4.300.
  • Humedad: es una de las regiones más secas del planeta, con valores que bajan del diez por ciento en muchas jornadas.
  • Agua: de cuatro a cinco litros por persona y día en las salidas de altura, repartidos y con sales.
  • Ritmo: dos noches completas en el pueblo antes de la primera excursión por encima de los 4.000.
  • Radiación: la zona registra algunos de los índices ultravioleta más altos medidos del mundo. Gorra, manga larga y gafas oscuras no son un detalle.
  • Amplitud térmica: entre la madrugada del altiplano y el mediodía del salar hay diferencias de veinte a treinta grados.
  • Condición física: caminar dos o tres horas por terreno suelto a más de cuatro mil metros, sin sombra y con viento.
  • Emergencias en Chile: 131 para ambulancia y 133 para Carabineros. Fuera del pueblo la cobertura es irregular, así que el itinerario se deja dicho en el alojamiento.

Dos mil cuatrocientos metros que no parecen nada

El pueblo desde el que se organiza todo está a una cota que la mayoría de la gente ha pasado alguna vez en coche sin enterarse. Ese es justamente el problema: nadie llega con la actitud de estar en altura, y por eso nadie se toma en serio los primeros dos días.

El entorno, en cambio, es puro altiplano. El salar que da nombre a la comarca queda algo por debajo del pueblo, pero las lagunas de altura, el campo de géiseres, los pasos hacia el otro lado de la cordillera y los conos volcánicos que se ven desde la plaza están todos entre los cuatro mil y los cinco mil largos.

Así que la jornada tipo consiste en dormir a una cota moderada y pasar la mañana mil quinientos o dos mil metros más arriba. Es un perfil que, hecho a diario y desde el primer día, se parece bastante a la definición de subir demasiado deprisa.

A eso se le suma el marco general: el desierto de Atacama ocupa una franja larga entre la cordillera y la costa, y su sequedad extrema viene de estar encajonado entre una barrera montañosa y una corriente oceánica fría. No es un desierto cálido: es un desierto seco y alto, que no es lo mismo.

Por qué el aire seco adelanta los síntomas

La adaptación a la altura consiste, entre otras cosas, en respirar más. Y cada respiración extra en aire casi sin humedad se lleva agua del cuerpo por la vía más discreta que existe, que es el vapor exhalado.

A eso se suma el sudor que nunca se ve. Con humedad relativa muy baja, la transpiración se evapora en la piel antes de formar una gota, así que la ropa sale seca de una caminata en la que se han perdido litros. La sensación de no estar sudando convive con una pérdida importante.

Y la altura añade su propio mecanismo: en los primeros días se orina más como parte del ajuste. Tres vías de pérdida a la vez, ninguna de ellas evidente, y una sensación de sed que llega tarde y se sacia antes de haber repuesto lo perdido.

El resultado práctico es que el dolor de cabeza, las náuseas y el cansancio desproporcionado aparecen a cotas más bajas y en menos tiempo del que la misma persona esperaría en una montaña húmeda. La deshidratación no causa el mal de altura, pero empeora todos sus síntomas y se confunde con él constantemente.

Un plan de días de aclimatación en el Atacama

La aclimatación en el Atacama tiene una particularidad cómoda: se duerme siempre abajo. El pueblo funciona como campamento base permanente y todas las excursiones vuelven a él, lo que encaja de forma natural con el principio de subir alto y dormir bajo.

  1. Día uno. Llegada y nada más. Paseo por el pueblo, comida ligera, tres litros de agua repartidos a lo largo del día y acostarse temprano. Nada de excursión de tarde, por corta que sea.
  2. Día dos. Salida a cota moderada, en el entorno del propio pueblo y de los valles cercanos, que se mueven entre los 2.400 y los 2.700 metros. Caminata de dos horas a ritmo de conversación.
  3. Día tres. Primera excursión intermedia, en torno a los 3.000 o 3.500 metros, con desplazamiento en vehículo y poca marcha. Se evalúa al grupo por la tarde, persona a persona.
  4. Día cuatro. Si nadie ha tenido síntomas, primera salida por encima de los 4.000: lagunas de altura o mirador de altiplano, con caminata corta y sin desnivel importante.
  5. Día cinco. Jornada baja de recuperación, con el salar y los valles de sal, para dejar que el cuerpo consolide lo ganado.
  6. Día seis. Madrugada de géiseres, que es la salida más exigente del conjunto por la combinación de cota, hora y frío.
  7. Día siete en adelante. Solo aquí tiene sentido plantearse una ascensión a un cono volcánico por encima de los 5.000, y siempre con guía, con material adecuado y con hora de retorno cerrada.

La regla que ordena todo lo anterior es la misma de cualquier cordillera: con síntomas no se sube. Si alguien amanece con dolor de cabeza el día cuatro, ese día se queda abajo y el calendario se corre entero. Por eso conviene tener dos días de margen en una estancia de una semana.

Las cotas de la zona, ordenadas por lo que exigen

Laguna de altura con orillas blancas de sal y aves alimentándose en el agua poco profunda
Taisiia Nikitina / BY-SA 4.0

Esta tabla ordena los tipos de salida por la altura a la que se llega y por lo que pide cada una. Las cifras son aproximadas y varían según el punto concreto, pero la jerarquía se mantiene.

Tipo de salida Cota aproximada Esfuerzo Cuándo encaja
Pueblo y valles cercanos 2.400 a 2.700 Paseo de una o dos horas Primer y segundo día
Salar y lagunas bajas 2.300 a 2.500 Muy bajo, casi todo en vehículo Cualquier día, incluido el de recuperación
Valles de sal y miradores 2.500 a 3.000 Caminatas cortas sobre terreno suelto Segundo o tercer día
Lagunas altiplánicas 4.000 a 4.300 Poca marcha, mucha altura y viento A partir del cuarto día
Campo de géiseres Alrededor de 4.300 Poca marcha, pero de madrugada y bajo cero Con varios días de adaptación hechos
Pasos de cordillera Por encima de 4.000 Trayecto largo en carretera de altura Solo aclimatado y sin conducir cansado
Conos volcánicos 5.000 a 5.600 Ascensión de varias horas con guía Al final de la estancia y con material

La lectura importante de la tabla es que el esfuerzo físico y la exigencia fisiológica no van de la mano. Las lagunas de altura casi no se caminan y son mucho más duras para el cuerpo que una caminata larga por los valles de sal.

Ese desajuste explica la mayoría de los malos ratos. La gente se prepara para lo que percibe como esfuerzo, no para lo que percibe como paseo en furgoneta, y es en el paseo en furgoneta donde se llega a los cuatro mil trescientos metros.

Litros al día cuando el sudor no se ve

La referencia práctica para una jornada de altura en esta zona son cuatro litros por persona, y cinco si hay caminata larga o si el día viene ventoso. En una jornada baja, tres.

Se bebe a intervalos regulares, no a demanda. La sed es un indicador que llega tarde en cualquier circunstancia y aquí llega todavía más tarde, porque el frío del altiplano la suprime. Funciona ponerse un recordatorio cada media hora los primeros días hasta que se convierte en costumbre.

El agua se lleva encima y no en el vehículo. La distancia entre el aparcamiento y el mirador parece ridícula desde la ventanilla, y a cuatro mil metros nadie vuelve a por la botella. Un termo con algo caliente resuelve además el problema de beber cuando hace frío, que es cuando menos apetece.

Y conviene mirar el color de la orina, que sigue siendo el indicador de campo más útil que existe. Oscura y escasa significa que se va corto, y a esa cota significa que hay que corregirlo antes de subir un metro más.

Sales, comida y el error del agua sola

Beber mucha agua y no reponer nada más es un error frecuente y con consecuencias. Con sudoración alta y solo agua aparecen calambres, dolor de cabeza y una sensación de malestar que se parece bastante al mal de altura sin serlo.

La solución es sencilla: sales de rehidratación, bebida isotónica o simplemente comida salada repartida a lo largo del día. Frutos secos, algo de embutido o unas galletas saladas cumplen la función sin necesidad de nada específico.

Con la comida hay que contar además con que el apetito baja en altura justo cuando el gasto sube. Funciona el reparto en tomas pequeñas y frecuentes, con predominio de hidratos, que se digieren con menos oxígeno que las grasas y sientan mejor por encima de los cuatro mil.

El alcohol queda fuera durante los primeros días, y no por moralina. Deprime la respiración durante el sueño, que es cuando la saturación está más baja, y añade su propia deshidratación a un ambiente que ya se encarga de eso sin ayuda.

La madrugada del campo de géiseres es la prueba dura

Columnas de vapor saliendo del suelo helado con la primera luz sobre el altiplano
Shadowmeld Photography / BY-SA 4.0

La visita clásica al campo de géiseres reúne todos los factores complicados de la zona en una sola mañana: salida antes del amanecer, dos horas largas de vehículo ganando altura sin parar, llegada de noche a más de cuatro mil metros y temperaturas por debajo de cero.

Se sale antes del amanecer por una razón física, no turística: las fumarolas se ven mucho mejor cuando el contraste térmico entre el vapor y el aire es máximo, y eso ocurre justo antes de que salga el sol. Con el día ya hecho, el fenómeno se vuelve mucho menos visible.

La combinación de dormir poco, madrugar, no desayunar y subir mil novecientos metros en dos horas es la receta exacta del mareo. Por eso esta salida no se pone el segundo día por muy tentadora que resulte, y por eso conviene desayunar algo antes de subirse al vehículo aunque sea a las cuatro de la mañana.

El otro riesgo es concreto y no tiene que ver con la altura: el suelo alrededor de las fumarolas es fino y el agua está a temperatura de ebullición. Se camina solo por los senderos marcados y no se salta ninguna delimitación, por buena que sea la fotografía que hay al otro lado. Es la misma disciplina de pisar solo donde está permitido en un terreno frágil, con el añadido de que aquí el error quema.

El sol de aquí no se parece al de ningún otro sitio

La radiación ultravioleta aumenta con la altitud, y esta zona suma altura, cielos limpios casi todo el año, aire sin humedad y latitud tropical. La combinación produce algunos de los índices más altos jamás medidos en superficie.

La consecuencia es que las quemaduras aparecen en tiempos que en Europa serían impensables, incluso con temperatura ambiente fresca y viento, que es cuando menos se percibe el peligro. Y la superficie blanca del salar y de las lagunas devuelve buena parte de esa radiación hacia arriba, contra la cara y contra los ojos.

El equipo de protección es innegociable y no ocupa nada: manga larga clara, pantalón largo, sombrero de ala ancha o gorra con cubrenuca, crema de factor alto reaplicada cada pocas horas, protección labial y gafas de sol con filtro alto y buena cobertura lateral.

La quemadura de córnea por reflejo sobre superficies blancas es real, molesta mucho y arruina dos días de viaje. Se evita con unas gafas decentes puestas desde que se sale del vehículo, no colgadas del cuello para las fotografías.

La amplitud térmica y la ropa que la resuelve

El aire seco no retiene el calor. En cuanto el sol se pone, la temperatura cae en picado, y en la madrugada del altiplano se baja de cero con normalidad durante buena parte del año. Al mediodía, en el salar, se puede estar en manga corta.

Esa diferencia se resuelve con capas y no con una prenda gorda. Camiseta técnica de manga larga, capa intermedia de forro o plumón ligero, cortavientos impermeable, gorro y guantes finos en la mochila. Todo eso cabe en poco espacio y se va quitando conforme sube el sol.

El viento es el factor que casi nadie mete en la cuenta. En las lagunas de altura sopla con frecuencia y de forma sostenida, y una temperatura de cinco grados con viento constante se lleva el calor corporal mucho más rápido de lo que sugiere el número.

Para las salidas de madrugada, la lista se endurece: guantes de verdad, gorro que cubra las orejas, calzado cerrado con calcetín de abrigo y algo caliente en un termo. Nadie disfruta de un amanecer si lleva veinte minutos temblando.

Señales de que hay que bajar al pueblo

Con el esquema de dormir siempre abajo, la mayoría de los cuadros leves se resuelven solos. Aun así conviene tener claro cuándo se corta una excursión y se regresa.

Se da la vuelta cuando aparece dolor de cabeza que no cede al descansar y beber, cuando hay náuseas o vómitos, cuando alguien se marea al incorporarse o cuando el cansancio es claramente desproporcionado para lo que se ha caminado. En una salida de altiplano, bajar es cuestión de una hora de vehículo y no de una decisión heroica.

Y hay dos situaciones que exigen descender de inmediato y avisar. Una es la pérdida de coordinación, que se comprueba pidiendo a la persona que camine en línea recta poniendo un pie delante del otro. La otra es el ahogo estando en reposo, con tos y con incapacidad de recuperar el aliento parado.

En Chile el número de ambulancias es el 131 y el de Carabineros el 133. La cobertura móvil fuera del pueblo es irregular y en varias zonas simplemente no hay, así que la medida que de verdad protege es dejar el itinerario y la hora prevista de regreso en el alojamiento antes de salir. Nada de esto sustituye una valoración médica: quien tenga antecedentes cardíacos, respiratorios o esté embarazada debería consultarlo antes del viaje.

Conducción, distancias y la hora límite de regreso

Buena parte de las salidas se hacen por pistas de ripio y por carreteras de altura con muy poco tráfico. Las distancias son largas, las referencias escasas y las estaciones de servicio están lejos unas de otras.

Las reglas son las de cualquier zona árida remota: depósito lleno siempre que se pueda repostar, rueda de repuesto comprobada antes de salir, agua de reserva en el vehículo aparte de la que se lleva encima y nada de conducir de noche por pista. Es el mismo criterio que exige cualquier trayecto largo por caminos sin asfaltar.

La altura afecta también a quien conduce. El cansancio, la falta de sueño de las salidas de madrugada y la propia hipoxia reducen los reflejos, y los pasos de cordillera hacia el otro lado de la frontera se recorren durante horas por encima de los cuatro mil metros. Turnarse al volante deja de ser una cortesía.

Fija la hora límite de regreso antes de salir y cuéntala con el trayecto de vuelta, no con el de ida. Si la excursión de la tarde no permite estar de vuelta con luz, se acorta o se cambia de día. Ese margen es la parte del plan que cualquier viaje de aventura bien planteado deja escrita antes de arrancar el motor.

Preguntas frecuentes

¿Cuántos días hay que estar antes de subir a las lagunas de altura?

Dos noches completas en el pueblo es el mínimo razonable, y tres van mucho mejor. Con ese margen el cuerpo ha empezado a ajustarse y la excursión a más de cuatro mil metros se vive de otra manera. Quien llega de un lugar situado al nivel del mar y sube el mismo día suele pagarlo.

¿Sirve de algo la infusión de hoja de coca que ofrecen en los alojamientos?

Es una costumbre local muy extendida y mucha gente dice encontrarse mejor con ella. No sustituye a la aclimatación ni permite subir más deprisa, y conviene saber que puede dar positivo en un control antidopaje y que su tenencia está regulada de forma distinta en cada país. Como gesto cultural y como bebida caliente, está bien; como estrategia, no.

¿Es peor el verano o el invierno para visitar la zona?

Son problemas distintos. En verano austral entran las lluvias de altiplano, que llegan en forma de tormenta de tarde y pueden cortar pistas y cerrar accesos durante horas o días. En invierno el cielo está más limpio y estable, pero las madrugadas del altiplano son severas y algunas rutas de altura se complican por nieve.

¿Se puede subir a un volcán de más de cinco mil metros sin experiencia previa?

Varios conos de la zona son ascensiones sin dificultad técnica, lo que no significa que sean fáciles. Piden estar aclimatado de verdad, caminar varias horas por terreno suelto con muy poco oxígeno y llevar material de frío y viento. Se hacen con guía, con hora de retorno fijada y con la aclimatación ya resuelta durante los días anteriores.

¿Cuánta agua hay que comprar y se puede beber la del grifo?

Calcula cuatro litros por persona y día de altura, más lo del alojamiento, y compra el volumen al llegar para no depender de una tienda a las cinco de la mañana. Sobre el agua corriente, la recomendación local es no beberla directamente en la zona por su composición mineral, así que lo habitual es agua envasada o tratada, y conviene llevar botella reutilizable para no multiplicar los envases.

La particularidad de este desierto es que castiga por dos caminos que no se ven: el aire que se va en cada respiración y la altura que se alcanza sentado en una furgoneta. Quien reparte los primeros días con paciencia y bebe más de lo que le apetece se lleva un paisaje que no se parece a ningún otro. Quien tiene prisa se lleva dolor de cabeza y un día perdido en la habitación.