Puntuar los síntomas de altura y bajar sin discutirlo
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Puntuar los síntomas de altura y bajar sin discutirlo

Campamento a cuatro mil seiscientos metros, siete de la tarde. Uno del grupo no cena, dice que está bien y se mete en la tienda. Al día siguiente, cuando se le pregunta cómo va, contesta lo mismo que contesta todo el mundo: que está cansado. La respuesta no vale, porque no se puede comparar con nada.

Media hora después, cuatro preguntas y un número resuelven lo que llevaba doce horas sin resolverse. Dolor de cabeza moderado, náuseas leves, cansancio marcado, mareo al incorporarse. Puntuación total de siete. Ese número no es una opinión, no depende de quién sea el más fuerte del grupo y no admite negociación: hoy nadie sube.

Lo que sigue es la herramienta entera, tal como se aplica en un campamento y no en una consulta: qué se pregunta, cómo se puntúa, qué corresponde a cada tramo, cómo se detecta la forma grave con una prueba de veinte segundos, quién toma la decisión y qué está prohibido hacer. Nada de esto sustituye a una valoración médica; es un procedimiento de campo para decidir si se sigue o se baja.

La lista, en corto

  • Cuatro síntomas: dolor de cabeza, síntomas digestivos, cansancio o debilidad, y mareo o inestabilidad. Cada uno de cero a tres.
  • Requisito: sin dolor de cabeza no se aplica la escala. Es el síntoma que abre el cuadro.
  • Umbral: con dolor de cabeza y un total de tres o más, se considera cuadro presente.
  • Tramos: de tres a cinco, leve. De seis a nueve, moderado. De diez a doce, grave.
  • Regla fija: con cualquier puntuación por encima del umbral no se gana altura de pernocta.
  • Descenso: de quinientos a mil metros suele bastar, y se hace acompañado siempre.
  • Prueba de coordinación: caminar en línea recta poniendo un pie delante del otro. Si falla, se baja de inmediato.
  • Prohibido: subir con síntomas, tomar somníferos, beber alcohol y dejar sola a una persona afectada.

Una escala existe para que no decida el más fuerte

En un grupo en altura, la conversación sobre si alguien está bien tiene un sesgo predecible. Quien se encuentra mal minimiza para no fastidiar el plan, quien lidera minimiza porque tiene un calendario y el resto no quiere ser el que plantea el problema.

Una escala rompe ese mecanismo porque convierte una impresión en un número. Cuatro preguntas, cuatro cifras, un total. Y el total tiene una respuesta asociada que se acordó abajo, cuando nadie estaba cansado ni tenía prisa.

Tiene además una segunda virtud, menos obvia: permite comparar. La misma persona puntuada a la misma hora dos días seguidos da una tendencia, y la tendencia informa mucho más que un valor aislado. Un seis que ayer era un tres es una situación distinta de un seis que ayer era un nueve.

Y tiene una limitación que conviene decir en voz alta. Es una herramienta de cribado para grupos, no un diagnóstico. Sirve para decidir si se sube, se espera o se baja, no para saber qué le pasa exactamente a alguien. Ante la duda seria, la respuesta es siempre bajar y buscar atención.

Cómo se puntúa el mal agudo de montaña

La valoración del mal agudo de montaña más extendida en montaña se apoya en cuatro síntomas y en una condición previa: que haya habido una ganancia de altura reciente, de horas o de pocos días.

El primer síntoma es el dolor de cabeza, y funciona como puerta de entrada. Si no hay dolor de cabeza, la escala no se aplica, aunque eso no significa que la persona esté necesariamente bien: hay cuadros graves que empiezan por otro lado y por eso existe la prueba de coordinación.

Los otros tres son síntomas digestivos, que incluyen falta de apetito, náuseas y vómitos; cansancio o debilidad desproporcionados para el esfuerzo realizado; y mareo, sensación de aturdimiento o inestabilidad al ponerse de pie.

Cada uno se puntúa de cero a tres, donde cero es ausente, uno leve, dos moderado y tres intenso o incapacitante. Se suman y se obtiene un total entre cero y doce. Se pregunta de uno en uno, en voz alta, y se anota. Preguntar al grupo en conjunto no funciona: nadie levanta la mano.

La tabla de puntuación, síntoma a síntoma

Montañero sentado sobre bloques de piedra con la mochila apoyada y el valle al fondo

Esta tabla es la que llevo plastificada en el botiquín. Se lee en un minuto y evita tener que recordar la gradación exacta a cuatro mil metros y con frío.

Síntoma 0 1 2 3
Dolor de cabeza Ninguno Leve Moderado Intenso, incapacitante
Síntomas digestivos Apetito normal Poco apetito o náusea leve Náusea moderada o vómito Náusea y vómitos intensos
Cansancio o debilidad Ninguno Leve Moderado Intenso, no puede moverse
Mareo o inestabilidad Ninguno Leve Moderado Intenso, incapacitante

La suma solo tiene valor si hay dolor de cabeza puntuado al menos con un uno y si el total llega a tres. Con esas dos condiciones se considera que hay cuadro y se aplica el tramo correspondiente.

Un apunte sobre el sueño. Las versiones antiguas de esta escala incluían la dificultad para dormir como quinto síntoma, y se retiró porque en altura casi todo el mundo duerme mal y eso distorsionaba la puntuación. Sigue siendo un dato útil para el grupo, pero no suma puntos.

Qué se hace con cada tramo de puntuación

Con un total de tres a cinco, cuadro leve, la respuesta es quedarse a la misma altura de pernocta. Se descansa, se hidrata, se come aunque no apetezca y se vuelve a puntuar en unas horas y a la mañana siguiente. La mayoría de estos casos se resuelven solos en veinticuatro o cuarenta y ocho horas.

Con un total de seis a nueve, cuadro moderado, la respuesta es descender. No esperar a ver, no dormir a ver si mejora: perder altura ese mismo día, entre quinientos y mil metros, y valorar de nuevo abajo. Si el terreno o la hora no permiten bajar con seguridad, se pasa la noche donde se está con vigilancia activa y se baja al amanecer.

Con un total de diez a doce, cuadro grave, se desciende de inmediato, se activa el aviso al servicio de rescate o al operador y se pone en marcha el seguro. A esa puntuación, la persona ya no está en condiciones de decidir por sí misma y el grupo decide por ella.

Hay una regla que atraviesa los tres tramos y no tiene excepciones: con cualquier puntuación igual o superior a tres, nadie gana altura de pernocta ese día. Ni el afectado ni, salvo que el grupo se divida con criterio y con gente suficiente en cada mitad, el resto.

La prueba del talón a la punta, en veinte segundos

La escala de síntomas es subjetiva y depende de que la persona conteste con honestidad. La prueba de coordinación no depende de nada de eso, y por eso es la mejor herramienta que existe en un campamento.

Se hace así: se pide a la persona que camine unos cuatro o cinco metros en línea recta, poniendo el talón de un pie justo delante de la punta del otro, con los brazos cruzados sobre el pecho. Se hace sobre terreno llano, con luz suficiente y con alguien al lado por si pierde el equilibrio.

Alguien sano lo hace sin dificultad, aunque esté cansado y aunque tenga dolor de cabeza. Alguien que se sale de la línea, que abre los brazos para compensar, que se tambalea o que no puede completar el recorrido tiene un problema de coordinación, y en altura eso apunta a la forma cerebral grave.

Ante ese resultado no hay puntuación que valorar ni conversación que tener. Se desciende de inmediato, de noche si hace falta, con la persona acompañada en todo momento y avisando a quien pueda organizar una evacuación. Conviene además hacer la prueba una vez a alguien sano del grupo para tener una referencia de cómo se ve cuando sale bien.

Las dos formas graves y en qué se distinguen

Además del cuadro leve, existen dos formas graves que son urgencias médicas y que se reconocen por señales distintas.

La cerebral se manifiesta por pérdida de coordinación y por cambios en el estado mental: confusión, comportamiento raro, respuestas lentas, somnolencia que no corresponde a la hora, y dolor de cabeza que no cede con nada. Suele aparecer después de un cuadro leve o moderado que no se atendió, y en pocas horas.

La pulmonar se manifiesta por dificultad respiratoria estando en reposo, tos que empieza seca y se vuelve húmeda, opresión en el pecho y una caída brusca del rendimiento durante la marcha. Un dato muy característico: la persona no puede tumbarse sin ahogarse y pasa la noche incorporada.

Las dos pueden darse a la vez y las dos empeoran con la noche, que es cuando la respiración se hace más superficial. Un grupo que decide esperar a la mañana con cualquiera de estos cuadros está tomando la peor decisión posible.

El tratamiento de campo es el mismo para las dos y es siempre el mismo: perder altura. Todo lo demás, incluido el oxígeno y la medicación que pueda llevar un profesional, sirve para ganar tiempo mientras se organiza el descenso, no para sustituirlo.

La lista de verificación de la tarde en el campamento

Esta es la rutina de media hora que hacemos todas las tardes en cuanto el campamento está montado. Con el grupo entero, en voz alta y con una libreta.

  1. Anota la cota de pernocta del día y la ganancia respecto a la noche anterior. Si supera los quinientos metros, ya sabes de dónde puede venir el problema.
  2. Pregunta a cada persona por separado los cuatro síntomas y puntúalos. No preguntes cómo vas, pregunta si te duele la cabeza y cuánto.
  3. Suma y anota el total, con el nombre y la hora, al lado de la puntuación de ayer.
  4. Haz la prueba de coordinación a quien haya puntuado tres o más, y a cualquiera que se haya comportado de forma rara durante la etapa.
  5. Comprueba que todo el mundo ha bebido lo previsto y que todo el mundo va a cenar. Quien no cena dos días seguidos en altura tiene un problema, con o sin puntuación.
  6. Decide la jornada siguiente con esos números delante y comunícala en ese momento, no a la mañana siguiente.
  7. Asigna un compañero concreto a quien haya puntuado, con nombre, para la noche. No un compromiso general del grupo: una persona.
  8. Repite la valoración a la mañana siguiente antes de recoger. Los cuadros nocturnos se ven ahí y no antes.

Parece burocrático y en cuatro días deja de serlo. La rutina tiene una función adicional que va más allá de los números: normaliza decir que uno se encuentra mal, que es exactamente lo que no ocurre cuando no hay procedimiento.

El papel del compañero, que es el que decide de verdad

Quien tiene un cuadro moderado o grave pierde capacidad de juicio antes de perder capacidad de caminar. Esa es la parte que casi nadie tiene en cuenta y la que explica por qué la decisión no puede quedar en manos del afectado.

El compañero asignado tiene tres tareas concretas. La primera, observar: cómo camina, cómo habla, si come, si responde con normalidad. La segunda, puntuar sin dejarse convencer por el que ya no está bien. La tercera, no separarse, ni durante la noche ni durante el descenso.

Esa última es la que más se incumple, y con consecuencias. Dejar a alguien con síntomas en una tienda mientras el resto sube al collado es una decisión que sale mal con demasiada frecuencia, porque el cuadro puede evolucionar en dos o tres horas y la persona sola no va a pedir ayuda.

Conviene además hablar de todo esto abajo, antes de empezar. Que el grupo acuerde de antemano que repetir jornada no es un fracaso de nadie y que la decisión de bajar la toma quien acompaña, no quien la sufre, ahorra la mitad de las discusiones. Los cursos de la federación de deportes de montaña y de las escuelas territoriales incluyen esta parte, que suele ser la que más aprovecha la gente.

Bajar: cuánto, cuándo y con quién

Grupo descendiendo por una vertiente nevada con huellas marcadas en la ladera

La cifra de referencia es de quinientos a mil metros de desnivel perdido. En la práctica, la señal de que se ha bajado lo suficiente es que los síntomas mejoran de forma clara, y eso ocurre a veces con menos y a veces exige más.

El momento es ahora. Un descenso hecho de tarde, con el grupo entero, luz y decisión tomada en frío es infinitamente más seguro que el mismo descenso a las tres de la madrugada con alguien que ya no coordina. Cuando la duda es si bajar hoy o mañana, la respuesta es hoy.

La compañía es obligatoria. Nadie desciende solo con síntomas, por leves que parezcan, y quien acompaña debe ir con material, comida, comunicación y capacidad de pedir ayuda. En un grupo pequeño eso puede significar que baja todo el mundo, y es una consecuencia que hay que aceptar de antemano.

Y hay que tener el aviso preparado antes de necesitarlo. Cobertura del itinerario, número de emergencias del país, teléfono del operador local, número de póliza y qué cubre exactamente el seguro en cuanto a evacuación. En la Unión Europea se llama al 112; fuera de ella, el número cambia y se anota antes de salir, junto al del plan de emergencia de la expedición.

Oxígeno y cámara hiperbárica: puentes, no soluciones

En expediciones organizadas y en algunos refugios de altura hay oxígeno embotellado y, a veces, una cámara hiperbárica portátil, que es una bolsa estanca en la que se introduce a la persona y se aumenta la presión con una bomba manual.

Las dos cosas funcionan y las dos tienen el mismo papel: mejorar temporalmente el estado del afectado para que pueda descender, o mantenerlo estable mientras se organiza una evacuación imposible en ese momento por temporal o por oscuridad.

Ninguna de las dos cura nada. La mejoría dentro de la cámara es real y rápida, y también lo es el empeoramiento al salir si se sigue a la misma altura. Usarlas como excusa para no bajar es un error grave que se ha cometido muchas veces.

Sobre los fármacos, lo mismo con más motivo: existen y se usan en medicina de montaña con indicaciones concretas, contraindicaciones y efectos, y su prescripción corresponde a un profesional que conozca la historia clínica de cada persona. Llevar en el botiquín algo que alguien recomendó en un foro es una mala idea sin matices.

Lo que no se hace bajo ningún concepto

Hay una lista corta de conductas que convierten un cuadro leve en un problema serio, y todas ellas se ven en cualquier campamento base con regularidad.

No se sube con síntomas. Ni un poco, ni porque el collado esté cerca, ni porque el vuelo de vuelta sea pasado mañana. Es la primera regla y la más incumplida, y detrás de casi todos los casos graves hay una jornada en la que alguien subió encontrándose mal.

No se toman somníferos ni se bebe alcohol durante la fase de subida. Los dos deprimen la respiración durante el sueño, que es el momento en que la saturación ya está en su punto más bajo. Y no se enmascara el dolor de cabeza con un analgésico para usar esa mejoría como permiso para seguir subiendo.

No se deja sola a una persona afectada, ni de día ni de noche, ni siquiera en un refugio con gente. Y no se separa el grupo dejando a los que van peor esperando abajo mientras los que van bien intentan la cumbre, salvo que cada mitad quede con gente suficiente, material y capacidad de comunicar.

Y no se esconden los síntomas. Ni por vergüenza, ni por no arruinar el viaje a los demás, ni por haber pagado mucho. Es la conducta que más rescates provoca en las montañas altas del mundo, y la que más se corrige simplemente hablándolo la primera noche, como se hace antes de cualquier ascensión de gran altitud.

Preguntas frecuentes

¿A partir de qué altura tiene sentido aplicar esta escala?

Como referencia práctica, a partir de los 2.500 metros de pernocta y siempre que haya habido una ganancia de altura reciente. Por debajo de esa cota los cuadros son raros, aunque existen sensibilidades individuales, y la regla de fondo no cambia: cualquier malestar en altura se trata como si fuera de altura hasta que se demuestre lo contrario.

¿Sirve el pulsioxímetro para decidir si alguien tiene que bajar?

Como dato complementario, sí; como criterio único, no. La saturación baja con la altura en todo el mundo, incluidas las personas perfectamente aclimatadas, y la dispersión entre individuos sanos es muy amplia. Lo que informa es la tendencia de una misma persona medida en las mismas condiciones. Quien tiene síntomas no sube aunque el aparato marque bien.

¿Y si el afectado se niega a bajar?

Es una situación frecuente, porque la falta de juicio forma parte del cuadro. Por eso el acuerdo se toma abajo y por escrito en el plan del viaje: la decisión de descender la toma el compañero asignado y el responsable del grupo, no la persona afectada. Recordarlo en ese momento, con calma y sin discutir el fondo, suele bastar.

¿Puede aparecer un cuadro grave sin haber pasado antes por uno leve?

Es menos habitual, pero ocurre, sobre todo con la forma pulmonar, que puede presentarse en alguien que no ha tenido dolor de cabeza. Por eso la valoración de la tarde incluye siempre observar cómo respira y cómo rinde cada persona, y no solo sumar los cuatro síntomas de la escala.

¿Es lo mismo esta escala para niños?

No. En niños pequeños los síntomas se expresan de otra forma, con irritabilidad, llanto, rechazo de la comida y sueño alterado, y existen escalas específicas para ellos. Un viaje de altura con menores exige consulta médica previa y márgenes de ascenso más conservadores que los del resto del grupo, y es una decisión que conviene revisar con la misma calma con la que se planifica un trekking de gran altitud.

Una escala no evita que alguien enferme en altura. Lo que evita es la conversación en la que un grupo cansado, con el objetivo a la vista, decide que probablemente no sea nada. Ese es el momento exacto en que un número escrito la tarde anterior salva un viaje entero, y a veces bastante más que eso.